Llegué con afán a verlo ya en la unidad de cuidados intensivos el día de su cumpleaños. Como tantos otros 23 de febrero le aparecí de sorpresa. Al entrar a su cubículo le dije: “happy birthday” y me dijo: “yo sabía que ibas a venir”, le respondí que ¡claro!, que como siempre, le caía de improviso y me contestó: “¡’pa joderte!”.
En el fondo de su corazón
cansado, el viejo sabía que su tiempo se agotaba y su salud andaba mal, pero
hasta el último día se esforzó para hacerse el que no, creo que para mermarnos
la preocupación a todos y de paso, mamarle un poco de gallo a la despedida.
En esos días largos, de visitas
cortas en la clínica, me dijo que quería irse para su casa y “esperar allá a la
huesuda”. También me dijo que si estuviera en su apartamento estaría viéndose
un partido de beisbol.
En esa, su última semana de vida,
mi papá hizo gala de su lucidez e inteligencia. Estuvo nítido y consciente
hasta el final. Leyó El Heraldo cada día, sabía la dosis de medicamentos y
sedantes que le habían indicado los médicos, y quería enterarse al detalle de
su evolución.
Llegó a decir que el cuerpo
médico tenía un complot y que le ponían “cascaritas” para ver si estaba atento
o no. Se quejó de que las enfermeras le preguntaban varias veces su nombre y
apellido a ver si se equivocaba. “A la tercera vez les dije: RAFAEL BORRERO,
odontólogo de profesión”.
Así era él, único e irrepetible.
Gracias al cielo, pudimos estar a
su lado sus cinco hijos, esposa y nietos. Sintió el cariño de sus familiares y
amigos que lo rodeamos y acompañamos como merecía: con dedicación y honores. Le
alcancé a decir que lo amaba, que descansara y que no se preocupara que él, ya era
eterno.
Aunque no quería irse todavía, la
última tarde, siento que entendió que había llegado el momento. Se despidió de
todos. Contó al detalle historias pasadas, nos hizo reír y llorar, nos confirmó
que sabía que lo amábamos, y al son del ave maría que le cantó mi hermana Nana y
las palabras de aliento que le susurró mi madre al oído, se fue tranquilo el
viejo Rafa, con seguridad al cielo que se ganó con creces durante 88 años bien
vividos.
Se fue mi viejo el 1 de marzo de
2026. Cerró su cuenta al terminar el mes en el que vino al mundo y nos dejó con
un vacío inmenso, un hueco frío en el corazón, que tardara en sellarse. Me
traje para recordarlo su cédula, su perfume, su celular y unos audífonos que le
saqué de su mesa de noche.
Conservo una de sus pijamas que me
heredó en vida y que usó durante décadas. Ahora la aprecio y me la pongo más para ver si
enfundada en ella logro que venga hasta mis sueños y poder verlo un ratito más.
Oigo su voz grabada en las notas
de audio para revivir un poco de su esencia, aunque eso no alcanza para aliviar
su ausencia.
Repaso los mensajes que me
escribía al chat de whatsapp: “Oriana repórtate”, “¿Cómo amaneció mi Oriana?”, “Felicidades
a mi Oriana. Adelante mija. Para mi eres la mejor periodista”, “Pa’lante mija
que usted es capaz y muy buena gente”, “con amor, tu padre”. Nadie más me
alentará así, ni se interesará por mí de esa manera. Mi papá me llamaba Oriana
de cariño por la gran periodista Oriana Fallaci. Al pie de su cama recién murió,
con el llanto fresco le dije que esa sería nuestra señal, que la próxima vez
que oyera o leyera ese nombre, sabré que es él acompañándome.
Supongo que parte de atravesar el
duelo es buscar señales del cielo aquí en la tierra para consolarnos. Hace unos
días sentí una de ellas. No tuvo que ver con Oriana, pero estoy convencida de que
el viejo se manifestó. Iba en un carro del trabajo a un cubrimiento al
amanecer, 4:44 am. El conductor llevaba a esa hora el radio encendido con una emisora
tropical y algo estruendosa. Yo iba ya fastidiada por la música, me sentía
triste, lo estaba pensando y cuando iba decirle que cambiara la emisora por una
de noticias, sonó la melodía de una canción viejísima de Los Melódicos que oíamos
en el viejo carro familiar en los paseos en los años 80 y que me acuerda tanto
de él. “Ay esa canción me acuerda de mi papá” dije ya con melancolía. No
recordaba la letra, pero cuando empezó y la oí con atención, supe que era un
mensaje de él para mí:
“Volveré a nacer, si me muero,
Volveré a nacer, para amarte, volveré a nacer si me muero, para quererte, volveré
a nacer para no olvidarte, Que siga el tren en su va y ven, que siga el tren de
la vida, que siga el tren en su va y ven que siga el tren más allá, que siga el
tren en su va y ven, por nuestras almas unidas, que siga el tren en su va y ven,
que siga el tren en la eternidad”.
En ese instante sentí que el viejo estaba ahí conmigo
abrazándome de esa manera, lloré ahí y más tarde, y todo el día cada vez que
recordé ese instante mágico.
“Tus problemas empiezan el día en que yo te falte”, solía
repetirnos a sus hijos este padre sobre protector cada vez que nos ayudaba a
solucionar o arreglar cualquier cosa cuando éramos niños y adolescentes. Los
problemas, por supuesto, empezaron antes, pero sí que se harán más difícil llevarlos
ahora que nos falta su consejo sabio, su prudencia y sus palabras de aliento. Gracias por todo papito, me haces tanta falta.

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